lunes, 1 de agosto de 2016



DOS IMAGINARIOS QUE SEMBRARON  EL MÍO
Diana Pinedo

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ/  FEDERICO GARCÍA LORCA
GARCÍA
Era Junio del  2000. Volaba en un avión con rumbo a Cancún para vivir el fin de semana en el que conocería el mar más  azul que he visto jamás y experimentaría, como en medio en un ensueño, mi primer viaje en avión. El libro que hizo aquella travesía conmigo tenía pastas amarillas, y en el centro,  el dibujo de una flor visitada por colibríes, aún tenía su cubierta plástica intacta, lo abrí y comencé a ojearlo. Tal vez por la emoción del viaje, por la trasnochada previa, o por mi juventud que se agitaba conociendo el mundo, la libertad y sus excesos, no avancé mucho. Recuerdo aquel primer encuentro con el libro de pastas amarillas como una jugarreta, una  extravagancia inconcebible  del  tiempo,  que bien puede ilustrar la frase que dice: “Si no puedes con un libro déjalo, ya llegará su tiempo.” Una verdad irrefutable sobre encuentros libro-lector que necesitan de más vida para enfrentar ciertas letras. Así supe que “Para cada libro y lector, su propio tiempo”.  No debió pasar más de un año cuando en otro viaje a las playas de mi país, esta vez a Oaxaca, el libro de las pastas amarrillas y yo volvimos a encontrarnos y esta vez para siempre.
Recordar la tarde en que te llevan a conocer el hielo no es poca cosa. Aquella famosísima primera frase estaba cargada de algo que me marcó; conocer el hielo, ¡el hielo! Algo tan cotidiano que descubrí de nuevo en aquel aglomerado de letras que me mostraban una maravillosa posibilidad; que lo normal y  cotidiano puede ser revisto y revisado,  reusado y resinificado, reinventado y recreado... Una realidad que se vuele un prodigio.  Así, en cada una sus páginas fui descubriendo la vida de una familia que le dio a mis ojos el origen del universo, una cosmogonía narrada desde el punto de vista de una persona que contaba el mundo como yo lo había vivido en mi niñez en  Contepec, el pueblo donde nació mi madre, con la filosofía de la sencillez cotidiana y con una maestría de estambre entramado para formar un complejo suéter. Recuerdo que era imposible dejar la historia, que dormía con ella en mi pensamiento y que yo formaba parte de los personajes y sus situaciones; recuerdo que su árbol genealógico se me tatuó en la memoria y que sufrí con sus desgracias y lloré mientras el huracán bíblico  terminaba por devastar las ruinas de aquella casa en Macondo, incluidas las glotonas hormigas con el estómago lleno; recuerdo el impacto absoluto que causó en mi ser descubrirme siendo el mismísimo Aureliano Babilonia mientras leía la historia de su final sucediendo… Me pregunté  “¡¿Quién es capaz de haber creado esto?!”
Así, Cien años de soledad marcó mi vida, es por mucho mi libro favorito y el que he leído completo más veces. Fue como el señor Gabriel García de origen colombiano y yo iniciamos nuestro romance de escritor-lector ferviente.  La vida se me hizo poca hasta llegar a tener entre mis manos otro título de Gabriel García Márquez y lograr por medio de sus frases  habitar de nuevo sus mundos.
Tirada en mi cama viendo caer el sol del atardecer de Tultitlán leí El amor en los tiempos del cólera. Entre el transporte y las tardes de mi casa; La Increíble y  triste historia de la cándida Eréndida y su abuela desalmada. No recuerdo cómo leí Ojos de perro azul, pero sí que al terminar de leer el cuento que da nombre al libro me dije:
“¡Este cuento debí haberlo escrito yo!”¡Porque yo lo había soñado! Había soñado una historia idéntica a la que otra persona había ya plasmado en letras.  En las mesas de la biblioteca de la facultad leí  El coronel no tiene quien le escriba y Crónica de una muerte anunciada. En las jardineras llenas de jacarandas de Ciudad Universitaria devoré, Los funerales de mamá grande, La mala hora, y La hojarasca. En mi convalecencia por apendicitis Doce cuentos Peregrinos y  De amor y otros demonios, en ese orden y uno detrás de otro, todos sacados de la biblioteca de la Faculta de Filosofía y Letras donde estaba haciendo mi licenciatura en teatro. Terminé la carrera cuando comencé a leer Noticias de un secuestro y su obra periodística que me ayudó un poco con el proceso del duelo de dejar de ser estudiante y convertirme en profesionista sin trabajo…
Papá solía decir que no gastara en tantos libros, que si tenías la biblia no necesitabas ningún otro porque allí estaba todo… Alguna tarde del 2003 encontré a papá husmeando en mi librero, me pareció extraño encontrarlo con la nariz entre mis libros y al preguntarle qué hacía,  me contestó campechano, “Buscando qué leer” sin detenerme a pensarlo  tomé el único ejemplar que poseía de Gabriel García Márquez (todos los demás los sacaba de la biblioteca) y le dije, “Ah pues tienes que leer éste.” Lo miró como se mira cualquier cosa y se fue a su “cueva” (como le decía a su habitación). Al día siguiente en el almuerzo me sorprendió con la frase “¡Ese José Arcadio Buendía, buscando en habitaciones infinitas atado a un castaño!” Le sonreí cómplice y supe qué de él también había heredado yo  esa filosofía profunda del cotidiano que  había encontrado en aquellas letras, y supe de inmediato que él también había quedado  atrapado… Después tuve que repetir mis excursiones a la biblioteca de la facultad  e ir sacando en préstamo los títulos del escritor colombiano para llevárselos a papá, que leía completos antes de que el carnet de entrega se venciera.

GARCÍA Y GARCÍA
Los libros me han acompañado siempre en mis tránsitos por la vida, fue en un embotellamiento, típico del D.F.,  donde cansada de caer varias veces en sueño profundo,  mirar el reloj y a los autos desesperados,  decidí abrir mi mochila universitaria y hacer mi tarea: leer Bodas de Sangre.
Aquella historia se me fue mejor que el agua para un sediento en el minúsculo  purgatorio caluroso que era el microbús estancado en medio de la Gustavo Baz sin esperanza alguna de moverse. Las letras de otro García me trasladaron a una España apasionada cabalgando sobre grafías que abrían panoramas sensoriales que me hicieron vibrar, sí vibrar en medio de la tragedia del embotellamiento en un martes veraniego. Cerré el libro cuando mi transporte dio vuelta en Ciudad Labor dejando atrás el desastre de la López Portillo y se internó en los confines de la nada donde yo vivía. Lo cerré y miré por la ventanilla, tres ideas me asaltaron: “¿Qué teatro es este? ¡Puta madre, es impactante! y ¿Cuánto duró este viaje que terminé de leer la obra?” Hice mi camino hasta la casa refrescándome con el viento de la noche que ya había caído mientras seguía repitiendo frases y viendo personajes en mi mente, “¿qué onda con esa luna? ¿Por qué la novia y Leonardo no pueden estar juntos…?”
Así fue mi primer impacto con las letras del escritor español. Debía ser el año 2000, al principio de la licenciatura. Recuerdo que fui la sensación en los comentarios de la clase y cuando saltaron más títulos de la obra de Lorca me dije, tengo que leerlos ¡ya! Primero leí las “tragedias sangrientas”, cada una con su poder absoluto, con una mezcla de tradición y una irrupción de poesía, con tintes de surrealismo y arrebato pasional y nostálgico que sin saber explicarlo me abrían la puerta hacia algo excitante. Su lírica se me quedaba grabada en el alma, sobre todo, es que veía aquellas historias en escena y disfrutaba imaginando efectos teatrales para lograr transmitir la forma en que me sacudían…
En el último año de la carrera, como examen para la materia de actuación, escenificamos Así que pasen 5 años, mi obra preferida de  García Lorca, un texto al que siempre le encuentro cosas nuevas, que ha marcado por mucho mi visión y forma de hacer teatro y que cada año leo sorprendida de la riqueza y las perspectivas inagotables que inspira… De esta experiencia recuerdo haber vivido cada función siendo un personaje de la historia, de esos que bañábamos con jarras de agua para recrear la ilusión de la lluvia, el constante fluir del tiempo y las lágrimas…
Conocer la vida de este autor es fascinante, sus orígenes, su deseo por reivindicar la tradición y la ruptura en su obra por sus influencias vanguardistas, su trabajo en La barraca, llevando y trayendo teatro por los pueblos de España, los grandes teatros, la guerra civil, su asesinato… Federico García Lorca con su poesía hecha humana llamada teatro. Me encanta por el ímpetu de su siempre presente poesía, escribiera lo que escribiera, hacía poesía,  hacía poemas escénicos…   Me encantan sus personajes profundos pero abiertos, me encanta sus gatos y sus lunas, su visión de la muerte y la fertilidad, su uso del azul, los demonios hechos saltimbanquis que asaltan sus escenas, su Romance sonámbulo, su Preciosa y el aire,  sus romances sobre gitanos hermosos y pasionales,  su existencialismo sensorial,  las mareas que pinta con palabras… sobre todo me encanta las ventanas abiertas de su teatro imposible que me hacen ver que todo es posible.

GARCÍA Y GARCÍA.  MÁRQUEZ Y LORCA…
Leer es una pasión que me llena y me esboza,  amo las letras, más asiduamente desde el año 2000 que entré a la carrera de teatro. He conocido muchas historias que me han llevado a viajar y muchísimas que me faltan, he disfrutado con autores y personajes, me he maravillado por la capacidad humana de entramar ficciones que logran hacerte vivir en ellas y reconsiderarte… Pero ver mi vida a través del cristal de García y García ha marcado mis imaginarios, las fantasías de mi mente, las lagunas de mis vacíos, los huecos de mi creatividad, los demonios de mis propias ficciones…
Pensar que  seres humanos de otras épocas y países pueden tocarte así… que puedes mantener una relación con personas a las que nunca has visto, hablado o mirado a los ojos, que sin embargo, se convierten en amantes, en amigos que te dicen la palabra exacta, en almas que acarician la tuya, pensar que se convierten en el sabor de tu vida, en tus amores, tus amuletos, tus referentes y  tus ideales… personas que pensaron frases que anhelas y que viven en ti, allí encuentro el valor incuestionable de las palabras hechas arte, el valor trascendental de la literatura.
Tal vez escribo sobre sueños porque Lorca me susurra al oído, tal vez escribo cuento fantástico porque la realidad tiene más caras de las que limita su dudoso nombre, porque la realidad es un cristal de posibilidades, porque García y García me llaman desde sus palabras, por el anhelo de parecerme un poquito a esto humanos extraordinarios con los que he existido en otros imaginarios,  en otros  mundos posibles.

DIANA PINEDO
ABRIL-MAYO DEL 2016


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1 comentarios:

Marco Dueñas dijo...

tan fascinante como leer a los García, me ha resultado leer a Pinedo. Quién diría que la aventura del lector, en su encuentro como tal, resultaría tan deliciosa como las historias que después leería el propio lector. Que ganas de que cada vez más gente emprendiera esa misma travesía, con sus propios "García" (lease autores), con sus propios géneros, con su propia lectura (como siempre sucede). Que ganas de que más gente pueda leerte y así sepa, un poco, de las delicias de la lectura... Y que ganas de leer más, así que haré lo propio, no sin antes agradecer este tan íntimo relato.

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