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miércoles, 12 de abril de 2017


Hace tiempo, antes de llegar a la ciudad, atravesé un desierto para encontrarme con otro. Pero éste no era un desierto cualquiera, era un desierto con árboles, lagartijas, “zampapalas”, limones, mangos y un río enorme que se alimentaba de las lluvias de verano. Sin embargo, la gente no era feliz. La crecida del río arrasaba las tierras labradas y construidas, ocasionando pérdidas y destrozos. Luego el sol, monarca absoluto del desierto reclamaba lo suyo: el verdor de los árboles, la frescura de las aguas y la fertilidad de las tierras, entonces todo se secaba y se convertía en desierto…
En esta época, la gente, tampoco era feliz.
En mi camino, encontré magos, locos y sabios, y gente que tenía de los tres y a diferencia de los demás, eran felices. Eran como los djinn mitológicos y una estela musical los acompañaba. Conocí, entonces, a Luis Emilio y en medio de canciones y poesía, me narró una historia de tiempos remotos donde la magia habitaba en el corazón del desierto.  


Pero en Piura era distinto.
En Piura el sol tenía que atraer forzosamente sus miradas y
hacerla pensar en él y sentirlo dentro de sí,
porque el sol piurano penetra hasta en las cuencas de los ciegos.
Es una obsesión.
Enrique López Albújar

Esto fue lo que encontré en el diario:
Recuerdo todavía el día en el que empezaron las lluvias. No paró de llover ni de día ni de noche, hasta que las personas debieron ser rescatadas de sus techos y tuvieron que abandonar sus casas en balsas. Esa vez si llovió como nunca. Corría el año veinticinco en Piura.
Los recuerdos de las noches lluviosas son los más íntimos. Mi imaginación me lleva a escuchar la lluvia cantando afuera, mientras que adentro, en las casas, las velas encendidas, formando sombras pardas en las paredes y los cuerpos de la gente se veían como pintados de oro tierno, todo por esa pequeña llama que se alimenta devorando oxígeno, quemando una famélica mecha que se retuerce negrita al centro. ¿Cómo es posible que esta vela en la simpleza de su forma, en ese estado combustible, tenga la capacidad de dilatar lo suficiente nuestras pupilas, para diferenciar las formas de los enseres y reconocer a los seres queridos?
Esto es lo que hace la lluvia con las personas, hace que se quieran más, permite que se conozcan alrededor de una vela que se muere lentamente pero que en ese último intento nos ilumina la vida, donándonos su energía convertida en luz. Luz que nos ayuda a hacer brillar nuestras sonrisas cuando todo se apaga.
Cuando las lluvias llegan, las parejas se ponen mucho más afectivas, salen de las casas a disfrutar y recibir las gotas dulces que caen del cielo por las tardes, pues cada lluvia trae consigo todos los deseos convertidos en gotas de vida que fertilizan los campos. Luego de esto las parejas entran en las casas empapadas para hacer a los niños, pues es el momento en que las personas se manifiestan más amorosas y claro está que el clima ayuda. Por este motivo la fertilidad aumenta al esperar en las casas, iluminados solo con velas a que pase tanto aguacero y de tanto esperar que pase El Niño que juguetea exprimiendo las nubes del cielo, las parejas terminan con unos bebes hermosos nueve meses después, - así nos ocurrió a nosotros, ¿no viejita? - Terminamos con unos mellizos que completaron nuestras vidas y nos convertimos en una familia, gracias a las benditas lluvias.
Pero viejita ¿Dónde estarás? Aquí se te extraña tanto y mucho más en estas noches de lluvia. De todas formas son más los recuerdos que brillan en mi mente, que te mantienen viva aquí a mi lado.
Tengo noventaisiete años, más años de los que he deseado vivir, pero con la lluvia de hoy, he prendido una vela y aquí solo en la casa llena de ti, llena aún del espíritu de la gente que más he querido, escribo para evidenciar nuestro paso por este mundo. Ahora mi mente ya es perfecta, solo podría vivir con los recuerdos y pensamientos de mi larga vida, ya no necesito de este cuerpo, podría dejarme ir, pero debo seguir aquí, escribiendo estas últimas historias que ya nadie puede escuchar y que de repente serán leídas en el futuro, no sé por quién, ni por qué lo hago, seguramente a las personas no les interesará, pero es la única forma de hacer inmortal esto que tengo adentro y que quiero contar por vez final, antes que las polillas de mi mente terminen por desmemoriarme el recuerdo de cuando fui un hombre feliz. Saber que aquí todo se funde magníficamente: mi pensamiento, mi sentir y que me puedo ir lleno de todo y simplemente exhalar mi último aliento, me hace feliz. He vivido más de lo permitido y lo que menos me gustó fue enterrar a los míos, a mis reencarnaciones. Hijos míos, amigos míos. Perdón.
Cuando llueve los pensamientos tienen ecos, se oyen más carcajadas. En algunas casas como la de mi abuelo (que nos contaba miles de historias) se podían ver algunas goteras que parecían cataratas doradas que se colaban por los techos, entre las tejas, formadas por miles de gotas de lluvia que terminaban su recorrido en algunas tazas, ollas y otros recipientes, las mismas que con su caída decoraban la habitación como cortinas compuestas por gotas de lluvia iluminadas con la luz de vela que el abuelo sostenía entre sus manos. Todavía recuerdo la noche en que nos contó la historia de la ciudad enmantada…
Detuve un momento mi lectura y recordé que todo esto comenzó cuando conseguí un trabajo para el Instituto Nacional de Cultura. Un día me encomendaron inventariar los enseres de una vieja casona.
La casona era muy grande con cuartos de servicios y jardines interiores, en la cual parecía haber vivido una familia acomodada. Acababa de morir hace un mes el señor de la casa, a los noventaisiete años de edad y sus bienes fueron donados por iniciativa propia al Instituto Nacional de Cultura, incluyendo el inmueble, que era el que yo estaba inspeccionando. Me pidieron describir las características de los objetos donados y en ese trabajo llegue al lugar con un pesado manojo de llaves, mi cámara fotográfica, un block de notas, mi termo de café y los cigarrillos de ley.
Me enteré de la inspección un viernes y el lunes a la mañana me encontraba ya frente a la puerta principal. Levanté mis lentes de sol y la mirada sobre mi frente, para contemplar la monumental puerta de madera labrada en alto relieve con las iniciales de la familia al medio.
La mañana era tibia y corría un viento juguetón que alzó levemente por las puntas mis cabellos y las mangas desabotonadas de mi camisa. En la puerta de madera pendían unos aros de cobre que servían para avisar la llegada de los visitantes. A los lados de la gran puerta se levantaban como murallas unas paredes grandes y sobre ellas saliendo de los bordes, sobre las tejas, crecían flores de papelillos morados. Con la larga llave; la que dominaba el voluptuoso llavero que me proporcionaron, abrí el portón principal, tras él, un jardín con césped sobre el cual crecían enormes tamarindos y viejos algarrobos de troncos anchos. Las habitaciones de la casona rodeaban aquel esplendido jardín. A la izquierda, una puerta; también de madera, marcaba el ingreso al salón de recibimiento, el sonido de la puerta al abrirse me hizo recordar las películas de terror que tanto me atemorizaban de pequeño, parecía tener las bisagras oxidadas pues no pude abrir mucho la puerta. Haciendo esfuerzo para colarme en el pequeño espacio que me quedo abierto, entré a un lugar distinto a todos los que pude haber visitado.
Entré, sin saber, a un salón de cristal que se confundía con una habitación vacía en ausencia de luz. Entonces cerré la puerta y absolutamente todas las cosas desaparecieron en un instante, tenía una decoración inusitada, era como perforar el interior de un nevado de la cordillera. Mientras mi vista empezaba a acostumbrarse a la ausencia de luz, fueron apareciendo deliciosas formas de cristal que daban la impresión de estar suspendidas en el aire, pues sobre los escaparates, reinaban animales, jarrones y flores que eran de cristal, así, las vasijas y todos los elementos decorativos parecían esculpidos en hielo. Pronto pude darme cuenta que, del techo de la habitación, un rayo de luz ingresaba por un prisma que, a su vez, refractaba los rayos solares que iban matizando los adornos de una gama de colores magenta. Del techo colgaba una araña también de cristal. Unas mantas cubrían los muebles y la mesa de centro, las paredes cubiertas en su mayor parte por espejos, los pisos de mármol impecable.
Luego de mi asombro inicial, regresé sobre mis pasos, media vuelta, abrí la puerta y salí. Me llamo la atención ahora unas esculturas de piedra pulimentada alrededor del jardín, al centro del mismo una pileta. Avancé por el camino de piedras que conducían al jardín central desde donde se pueden apreciar cinco puertas más, una exactamente al frente de la sala de cristal y las otras cuatro, alrededor del jardín. Cada una tenía una puerta de madera labrada, al parecer permanecían desde hace muchos años cerradas, todas menos una, que se veía menos opaca, justo la que estaba en el lugar mas lejano del cual me encontraba, caminé por instinto hacia ella y entré luego de atravesar todo el jardín.
Fue una decisión muy acertada pues me ahorro mucho trabajo, esta fue la segunda vez que utilice el manojo de llaves. Tras la puerta encontré una habitación algo oscura, entré y caminé hacia la ventana, la abrí y la luz que entró me dejó ver su contenido. Vi entonces una gran cama con unos cobertores vino tinto y unos pórticos sobre ella que sostenían unas cortinas que imagino se extendían para poner a raya a los zancudos. Al centro y pegado a la pared del fondo de la habitación, debajo del cuadro pintado al óleo con la figura de una bella y joven mujer, había un escritorio sobre el cual dejé mi termo de café, el manojo de llaves, mi cuaderno de notas y mi cámara fotográfica.
Encontré un inventario detallado de cada uno de los objetos de la casona, escritos por el señor, por el cual me pude enterar por ejemplo que la bella señora del cuadro sobre el escritorio era su esposa, con la cual trajo al mundo a unos gemelos, uno de los cuales se convirtió en maestro del cristal, el mismo que fue responsable de la exquisitez de la sala transparente en la cual me perdí maravillado al inicio de mi recorrido. Además, me enteré que la habitación que quedaba exactamente al frente de la de cristal, estaba llena con una magnifica colección de lienzos pintados por el otro hermano. Que las habitaciones que parecían no haber sido abiertas hace muchos más años, ubicadas antes que esta, eran las habitaciones clausuradas tras la muerte trágica de los gemelos. También me encontré un resumen detallado de cada uno de los libros, los cuales pertenecían a la biblioteca de la familia, supe de la existencia de un cuarto llamado “el cuarto de las mantas”, del cual, en un primer momento no pude comprender el ¿por qué? del nombre. Pero lo que llamó mi atención fue el diario empastado en cuero marrón, que estaba también en el escritorio a la espera de ser leído. Eso hice y al mirar sus páginas pude encontrar un último relato, con el que empiezo esta historia, el mismo que contienen los postreros recuerdos de infancia que fuera escrito por el señor de la familia, los últimos días de sus 97 años:
Allá se aprende a caminar sin zapatos para sentir la energía caliente reflejada del sol y respetarlo. El río Lengash es el único que refresca la ciudad y la gente vive más feliz cuando las lluvias en la cadena de montañas se hacen sentir en su descenso de paso por estas tierras y que en verano, traen las aguas de las lagunas que se rebalsan llenas de vida, refrescando con sus gracias esta cuidad.
Todos los “hombres” caminan hasta el río y de él extraen el agua vital para ser almacenada en los reservorios, que sirven para ofrecer y alentar la confraternidad del pueblo y para las relaciones con los foráneos encantados, que regresaban siempre de visita por la frescura de sus aguas, ofrecidas en jarras, en los portales de las casas, las mantas bajo los pies, las cocadas, los dulces de tamarindo, algarroba y limón. Todo esto unido a la gracia de su gente, que no estaba malhumorada por el intenso calor del desierto, en el cual discurre un río vital, conocido como río huaquero e inestable llamado en lengua Tallán: Lengash. Los habitantes reían en sus puertas al ver pasar a los viajeros y visitantes, que llegaban como a un oasis entre los médanos. Es que entendían que respetando una de las fuerzas naturales más imponentes y decisivas de nuestras vidas se podía vivir en paz, de esta manera la frescura de las habitaciones era indispensable para estar en armonía con el medio, radicaba en este sencillo punto su clave para la felicidad, les otorgaba el don del recibimiento y la hospitalidad, respetando además los horarios del sol y cosecha del agua, era la manera más simple de garantizar prosperidad. Tramo a tramo había que darle de beber también al suelo para que permita posarse siquiera unos segundos en él y los pies no se ampollen, porque el sol implacable saca humo de la tierra. 
Los cargadores esparcían pocos de agua que servían de parada soportable e intermitente. Así se formaron senderos fuera de las casas en donde crecían plantitas de agua dulce, que con los años se convirtieron en árboles de tamarindo y algarrobos, así se delimitaban las calles.
La llegada anual del río Lengash era la festividad más importante, es que cuando bajaba este pródigo chorro de agua desde las alturas hasta este pueblo enmantado, se convierte en la maravilla que alegraba el ambiente, tanto que la gente salía a su encuentro con bandas de música, bendición sacerdotal, fuegos de artificios, ofrendas florales y los más pequeños se bañaban en el agua fangosa que poco a poco se llevaba la maleza del cauce y transforma su fondo hasta convertirlo en limpio y fresco nuevamente, mientras que con  chapuzones  saludaban  con sus cuerpos a tan ilustre visitante que toma forma de jarra de barro y eran dejadas en los umbrales de las puertas para ser bebidas por los transeúntes y visitantes de tan mágica ciudad, que festejaba hasta terminado el verano.
Pasaron muchos años de felicidad del hombre con el río huaquero. Pero el Lengash dejó de venir con el caudal fresco acostumbrado y el agua escaseó, así fue como se les ocurrió a las mujeres del pueblo cubrir el camino de retorno a sus casas con mantas, para que los trajinados pies de los maridos no sufrieran por tanta quemazón. Los hombres ya no regaban los caminos, evitándose desperdiciar el líquido que cada vez llegaba en menor cantidad. Es por eso que la costumbre de enmantar las calles se extendió en el tiempo y pronto todas fueron alfombradas por el resto del año, ayudando al tránsito que se hacía menos pesado.
La tradición de las mantas se perdió hace algunas décadas, antes un día al año toda la cuidad se volvía a enmantar por completo y sacaban las jarras de barro a los pórticos, la gente salía a caminar descalza y felices a las calles, el día en que las mujeres ponían las mesitas con un mantel blanco, sobre el cual una jarra gobernaba y tendían al paso unas mantas como alfombras que hacen largos senderos por donde la gente transitaba sin zapatos, cuando llega la primera luna llena del año. Luna que puede ver cómo los del pueblo y sus invitados salen a pasear sobre las mantas, a tomar agua dulce. La perla de la noche los ve caminar como hileras de hormigas con velas prendidas en las manos y dicen por eso que la luna es de un color crema especial, por el reflejo de las miles de velas de los caminantes, quienes toman agua fresca de las jarras, que son acompañadas con los dulces de coco, tamarindo y limón que se preparaban para la ocasión en que la ciudad volvía a ser, la feliz ciudad enmantada que vive todavía a las riberas del río Lengash.
Los niños elaboraban con ayuda de los abuelos y de los mayores unas canastitas de paja que parecen nidos, en los cuales ponen pétalos de flores a manera de colchón, en el centro de las pequeñas canastas una vela y sobre las flores, sus dientes de leche, que se les cayeron en el transcurso del año, con unas cartitas en las cuales le piden al buen río se lleve sus deseos propios y los de sus familiares, hasta el mar, donde serán liberados. Para solo así regresar convertidos en la lluviosa realidad más esperada de todas, esta costumbre fue acogida por los novios y los enfermos, ya que el río Lengash tiene la propiedad de hacer posible uniones y curaciones milagrosas. También acogida por los viajeros que venían de todas partes a depositar sus canastitas flotantes sobre esta corriente de agua mágica que puede convertir en realidad sus peticiones, todas las personas se encogían con respeto frente al Lengash dejando sus anhelos, y así: los novios se casaban  y tenían muchos hijos, los enfermos se curaban y los viajeros regresaban siempre con la esperanza de que les caiga la lluvia bienhechora;  y los churres desdentados sonreían cuando veían caer la bonanza de las nubes en sus cabezas y salían a jugar a la calle empapados de fantasía. Con esa emoción infantil se esforzaban en conseguir durante todo el año que dura la sequía, las cañas secas con las que construirán sus pequeñas embarcaciones que debían de gozar de la cualidad de flotar por todo el recorrido del río, para poder llevar sus deseos inocentes, iluminados, parpadeantes con la pequeña llama de la vela, por los brazos del Lengash hasta el mar, donde serán leídas por las toninas juguetonas. – ¿quieren saber algo? Cuando era niño, también puse mis muelas en una canasta que preparé con mi abuelo, en ella mi carta escrita a pluma y muchas de mis fantasías de niño. En ocasiones excepcionales todos los pedidos eran concedidos, de manera que se desataban lluvias torrenciales que duraban muchos meses, regando por doquier para reverberar los campos, haciendo que el río salga de su cauce a caminar inestablemente por sus antiguos lugares y todo alrededor se matiza en un color verde vida. Los desiertos y el bosque seco se mostraban exuberantes de zapotes y algarrobos, las calles y las casas llenas de alegría. Los insectos se reproducían exponencialmente y podían, si se reunían todos, formar una montaña de seres voladores; había abundancia vital, el ambiente parecía una selva tropical, el cielo se llenaba de luces y aves, todo esto parecía una travesura climática de un niño llorón, reconstituyente, pícaro pero vital. Pero desde ese tiempo hasta hoy, muchas cosas cambiaron.
Ahora esta bendición natural nos trae desgracia, nos hemos olvidado de cuidar al río y hemos ensuciado el agua y le tememos cuando regresa, nos hemos olvidado de lo verdaderamente importante para la vida.
En la noche central, cuando el río ya tiene las aguas transparentes, la gente se aproximaba respetuosamente a las orillas y una a una prendían las velas del centro de las canastitas y eran depositadas con mucha fe en la apacible corriente del río que se las lleva lentamente al mar, bajo la atenta mirada de los familiares y amigos que se unían a la fiesta nocturna, dejando un gran rastro de canastitas con velas que formaban una marea de pétalos con fuego multicolor que adornaban el río como nunca, y él,  enseñoreado con tales ofrendas, se hinchaba hasta tocar las riberas con sus frescas aguas y la gente volvía a recoger de ellas el líquido como los antepasados y lo llevaban hasta las casas en memoria de los viejos tiempos.
A consecuencia del tremendo calor y de las lluvias de verano las casas del pueblo eran construidas con los techos altos y de dos aguas, sus cuatro metros de altura permitían que las tejas, detengan el sol para no terminar por incendiar los cabellos de las personas y por sobre todo darse una buena refrescada con el agua de lluvia que caía conducidas por las canaletas hacia las mitras hirvientes. Cuando no era el caso, a falta de las santas gotas de lluvia la gente se cubría del sol, caminando por la sombra que dejaban los alerones de las casonas y sobre las mantas que colocaban en el piso las mujeres. Así el caminar se hacía más ameno, permitiendo al transeúnte andar sobre las mantas, por las sombras que proporcionaban los techos salientes pegados a las casas y refrescarse adentro en las entrañas, con el agua del río tiernamente transportada por los hombres del pueblo hasta los hogares; en cuyas puertas las familias dejaban a disposición el líquido vital. Aquí la mayor cortesía consistía en dejar a las mujeres, niños y ancianos caminar por las alfombras y bajo las sombras, de aquí nace el dicho de despedida que reza “anda por la sombra”. Dicha cortesía también era extendida hacia los visitantes a los cuales el privilegio de la frescura estaba reservado como un sello de la hospitalidad de la ciudad enmantada.
Nota final, en otra letra (al parecer su nieto cerraba la historia):
*Con estas palabras terminó el relato y nos quedamos dormidos junto con mis hermanos, viendo la vela parpadear y las cataratas de lluvia caer adentro de la habitación. Buenas noches dijo y sopló la vela, luego sus pasos al salir y finalmente solo silencio, el que suena como tambores previos para imaginar antes de soñar. Al poco tiempo el abuelo murió, era uno de los últimos de su generación y así como a nosotros nos contaron la historia, los paisanos contemporáneos de mi abuelo hicieron lo mismo con sus nietos y con nuestros padres, tuvimos la suerte de ir con ellos antes de sus muertes la noche de enero cuando la luna estaba llena, hasta el río con nuestras canastas. Esta tradición la continuamos por muchos años, pero luego todo cambió. Si alguien lee esto por favor cuéntenlo cuando llueva a sus hijos y nietos, anímense juntos a iluminar el río nuevamente y prepárense para festejar la llegada de las lluvias.
Estas fueron las últimas palabras que se podían leer en el diario que encontré en el escritorio de la habitación. Tomaba yo el último sorbo de café, cuando regrese a la realidad, caía la tarde y las horas se hicieron nada. Luego visité el cuarto donde guardaban las mantas e imaginé por algunos minutos, las miles de canastitas flotando en el río, la gente caminando descalza sobre las mantas y la lluvia cayendo.






     "La Ciudad Enmantada"
     Autor: Alfredo Chinguel
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